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Apología de la coca

Apología de la Coca

Ruta 51, km 8, esta vez se hizo sentir la trasnochada, ¡tanto quilombo por si estaba o no en posición adelantada!, en tiempos donde Obama les levanta a los mejicanos una muralla que costará cincuentamil millones de dólares, Corea del Norte amenaza con una guerra nuclear y Nelson Mandela agoniza en una clínica. Me sobrepasan los vehículos a alta velocidad ¡a quien carajo le importa! pienso. Ya deben ser cerca de las ocho, el horario de entrada de los mayoría de los trabajos, por eso se ve tanto apuro. Un banco de niebla se aproxima, aprovecho y acelero, total con semejante niebla no creo que salga la fotomulta. En la radio se escucha a los gritos una primicia: ¡se terminó la coca, se terminó la coca!, el colaborador del periodista pregunta: ¿la coca cola o la coca de coquear?, la de coquear, responde, y me digo en voz alta: ¡yo sabía que con esta historia del espía, se iba a cagar de bronca Evo Morales!, así va a demostrarle al mundo la importancia de Bolivia. 

Llegando al mercado Cofruthos compruebo la veracidad de la noticia, las bocas de expendio de coca saqueadas y destruídas, los cajones de frutas y verduras apilados en los camiones, ¡estamos hecho aca!, dicen los estibadores, ¡traigan coca si quieren que laburemos!. Los puesteros a los gritos con sus celulares y las viejas con sus bolsos vacíos suben enojadas a los colectivos. Sigo y veo a las obras en construcción totalmente paralizadas, los albañiles acostados bajo las lozas, escuchan cumbia mientras las mezcladoras giran en vacío y los capataces observan impotentes la escena, como si se tratara de un cuadro del gran Antonio Berni. 

Un taller mecánico, conocido por la rapidez con que reparan los vehículos, (pero dicen que después tenés que volver varias veces), embotella la cuadra de autos descompuestos. Las farmacias colapsadas, presentan en sus vidrieras carteles que dicen en letras bien grandes: NO HAY HEPATOPROTECTORES. 

Llegando a las márgenes del río Arenales, se ve a las putas con su soledad, aburridas y sentadas en las puertas de sus bulines, esperando al cliente que nunca llegará y piensan que tal vez era cierto lo que decían de las propiedades vigorizantes de la coca. Los altos funcionarios, piden reunión urgente para tratar el tema, quizás preocupados porque es año electoral. Fijate vos lo que pasó en Venezuela cuando hubo escacés de papel higiénico, dicen. El INTA sugiere palear la crisis con hojas de soja. Los curas, poseídos, proponen sacar a pasear las imágenes de los patronos de la ciudad y pronto se escucha un grito de fondo que dice: ¡no sean tan opas, saquen a pasear a San Silvestre, pué! 

La angustia y la histeria invaden a la gente, a las industrias del bicarbonato de sodio, a las fábricas de polietileno, que tienen acopiados por miles los rollos de bolsas de color verde, verde coca. 

Llegando a la avenida Virreytenario, un obrero me marca el desvío y me dice: es por la construcción de un canal, amigo. Le pregunto: ¿canal de aire o por cable?; no, canal de desague, me responde y un aliento a vaca ingresa por la ventanilla y me devuelve a la realidad, avanzo y miro por el espejo retrovisor y veo un bulto en su cara, ¡si! ¡es coca lo que tiene!, exclamo, y todo a mi alrededor vuelve a la normalidad, otra vez vuelvo a ver los kioscos con sus carteles que dicen: común, seleccionada, despalillada. Los vendedores ambulantes, los taxistas, los vigilantes, todos en sus funciones. Pienso que quizás fue un efecto aluscinante de la neblina, o una pesadilla que salió a buscarme, cansada ya de esperar en la almohada de mi cama, a la que no llegué esa noche. En el alto se ve a Mamoré, casualmente es el nombre de un gran río que atraviesa el amazonas bolivano, allá voy a montar la muestra "Apología de la Coca", que está inspirada y dedicada a todos lo que hacen apología, apología del buen vino, de la zamba, del amor y de la locura.

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