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Tómbolamundo

Hacer del mundo un templo del Azar. O al menos reflejarlo desde esa dimensión, retratarlo con esa perspectiva y sobre su propio lienzo, del mundo quiero decir.

Por que esa es la índole matemática del siquismo popular en su relación con la cosa, aferrado por la fantasmagoría del salvacionismo, pero ya no por las mitologías del milagro o las vías religiosas, sino por la sospechada y mágica dictadura del Azar.

Esos son los parámetros del mundo contemporáneo, no regido ya por los valores, sino por una cascada alucinatoria de intereses, adonde podemos ver a alguno con su penosa cosecha como carga y a los otros disfrutando alegremente de ello, y a sus espaldas.

El Fakir y La Cruz invertida nos remiten directamente a esas atmósferas que vislumbramos en La lotería de Babilonia, esa maravillosa narración de Borges en La historia universal de la Infamia. Y La Diva, en su pirámide de colchones que alude a la sensualidad y que la aleja, nos arroja directamente al universo estético del Renacimiento.

En fin, en el mundo abarrotado por la necesidad cotidiana y la fiebre de una soñada realización por la vía de la revelación de la cábala y las predicciones del inatrapable Azar, los Dioses, los Oráculos y los Gurús ya no se encuentran en los templos: se encuentran en los kioscos adonde el pueblo recurre para auscultar sus destinos posibles en los inmediatos, deseados e impredecibles juegos de Abalorios en las numerología mágica de la Tómbola.

Los lienzos de una supervivencia impredecible en la pintura de una humanidad despojada de las certezas que en época pretérita les procuraba un alma.

Juan Ahuerma Salazar

Invierno del 2015

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